Sobre la insoportable levedad de los exámenes libres
A mi todo este cuento de los examenes libres me da una lata tremenda. No es que no me tome en serio el proceso, es que lo miro distinto. Entiendo lo que son y por qué los requiero: son la forma de certificación con que el Estado avala que el niño estudió (no entremos a definir educación). No es, en ningún caso, un proceso que evalúe aprendizajes. Si todos los involucrados lo entendieran así yo lo haría más a gusto.
El teatro del absurdo:
El problema, desde mi punto de vista, es que los diferentes agentes realmente creen que están evaluando aprendizajes, entonces, me siento participando de una farsa. Más allá de disquisiciones éticas y filosóficas sobre educación, pues en ese caso no pararía de alegar, lo que me molesta es que en la misma lógica del sistema los planos se entrecruzan y todo termina siendo un juego de “hacer como”. Hacer como que evaluamos, hacer como que certificamos, hacer como que esto es en serio.
Así se lo hicimos saber a nuestro hijo pues al principio vivió con mucha ansiedad el proceso. Le explicamos que nos interesaba la certificación de sus estudios y nada más. Ello logró revertir la ansiedad con que comenzó el trabajo.
Evaluar, calificar y certificar:
Este año nos tocó un colegio serio, con personas muy rigurosas y bien intencionadas, para los cuales -seamos honestos – este proceso era un tedio. En el colegio realmente creían que lo que hacían era evaluación y no un mero procesos calificatorio y certificador. El problema es que aquello que allí ocurrió jamás fue evaluación de aprendizajes.
Vamos definiendo los tres conceptos: Evaluar, calificar y certificar son procesos diferentes que, en lo cotidiano confluyen.
- Evaluar aprendizajes será recoger información para tomar decisiones sobre como aprender más y mejor.
- Calificar es determinar la calidad de un producto, de una acción o de una persona y traducirla a un standar, ordinal o numeral. En general, se califica en virtud de una norma.
- Certificar es dar fe publica, y asegurarlo legalmente, por los medios que el Estado ha designado para tal efecto. En este caso que la persona sabe lo que dice que sabe.
Tomemos el ejemplo de las asignaturas de música y educación fisica:
En el último caso Juan Cri ganó campeonatos de Taekwondo y entrenó 100 mts planos cuatro días a la semana.
En el primer caso, el niño fue autodidacta en el uso del teclado y conoce e interpreta melodías de un nivel de complejidad básico. Lee partituras y es capaz de tocarlas en su teclado.
Bastaría que Juan Cri presentara evidencias de lo logrado en el año, un certificado del Centro de Alto Rendimiento del Maule o interpretar lo que sabe ante el profe de música, para que fuese calificado y pudiera certificarse sus saberes.
Ese es un tema. El otro es qué se califica. El enano debió escribir cuatro ensayos: Cueca, Rembrandt, Van Gogh y Historia de la Navidad. La pauta tenia 16 puntos, 14 apuntaban a aspectos formales y 2 a algo parecido al contenido del texto. En otras palabras, era posible obtener una excelente calificación sin haber aprendido nada del tema, pero manteniendo el orden, limpieza, caligrafía, ortografía y otros aspectos formales del texto.
Eso no es evaluación, ni tampoco hay pertinencia en la calificación. Lo triste no es el caso de mi hijo, quien aprobó su curso y está debidamente certificado. Lo triste son los miles de niños y niñas que participan anualmente de esta clase de farsas en el sistema escolar.
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