Ha llegado carta…la respuesta

31 05 2010

Pues vencí mi tedio (o lata en buen chileno) y le consté a Felipe. Me preocupé que comprendiera, o al menos eso intenté, que mi resistencia no es frente a cada profesor sino frente a un sistema al cual ya no le creo. Afirmar la desescolarización no es, en mi caso, un desprecio a la labor de cada profesor, ni negar que haya posibilidad de interacciones docente/alumno enriquecedoras, al fin y al cabo si soy profesora es por que creo que esto es posible. Es, más bien, una desconfianza ante la pedagogía dominante.

Querido Felipe:

Estoy completamente de acuerdo contigo. Primeramente creo que la escuela sigue siendo un proyecto posible. Creo que hay docentes que establecen una relación docente-estudiante maravillosa con capacidad de potenciar y formar a los chicos. Así mismo, creo que la escuela no tiene por que ser la única vía para educar a los niños. ¿Por qué no pensar en múltiples caminos?. Es un tema estructural.

Tenemos en Chile una escuela que reproduce la inequidad, cristaliza las diferencias, naturaliza la injusticia. Una escuela que normaliza y no está siendo capaz de leer los signos de los tiempos ni los cambios sociales.

No creo que educar en casa se algo sólo posible para las elites. Las investigaciones muestran que niños en contextos deprivados educados en sus casas, al ser comparados en sus resultados con sus pares escolarizados, puntúan mucho mejor. El tema allí, es que desescolarizar, supone padres ultra comprometidos con la formación de sus hijos. Esas familias, siempre vana  puntuar mejor, dado la importancia que le dan a la formación de sus niños.

Entiendo tu preocupación. No creo que la desescolarización total de la sociedad sea ninguna utopía fantástica como lo plantea Iván Illich. Por el contrario sería la primera en oponerme. Pero creo que la pedagogía triunfante no es ninguna santa de altar, por el contrario dejo en el camino alternativas más humanas y dignas. La pedagogia triunfante es sierva del modelo económico y de una mirada masificadora de la experiencia escolar. Contra ella protesto. No se trata de profesores buenos o malos, el tema es sistémico.

Cariños,

Andrea

De esta respuesta ha salido la promesa de un cafecito, probablemente en El Establo, una de las cafeterias de nuestra universidad.

Gracias Andrea,

Haz aclarado algunas de mis dudas.

Pero el café va a tener que ser pronto porque me has dejado otras interrogantes.

Edgard Morín señala que el problema es planetario, que el sistema de muchos países no está preparado para enfrentar la complejidad que incrementa día a día. Mi hermano que es ingeniero, piensa que el problema  es el sistema económico que en algún momento llegó a su límite (según su estructuración y orden) y actualmente tiende al desorden. En este desorden sobreviven aquellas sociedades que son capaces de generar conocimiento y adelantar (prevenir) algunas de las problemáticas que nos tocará vivir. Para algunos profesionales este panorama se transforma en el terror, una ola en la cual dejarse llevar hasta cuando se pueda sobrevivir. Para los más optimistas la complejidad es un desafío donde generar nuevas ideas, incluir reparaciones en el sistema, mientras se crea uno (o varios) sistemas que respondan a las demandas (o nuevas demandas).

En nuestro país son tan pocas las personas con intenciones claras de mejorar el sistema. Muchos intelectuales se venden en el sistema, y lo preocupante es que necesitan del sistema para mantener un estatus y asegurar una comodidad (muy relativa) a sus descendientes.

Tú prefieres enseñar a pescar. Eso es un gran paso en este sistema.

Un abrazo,

Felipe

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Educación de niñas: corrupción de menores.

31 05 2010

María Elena Walsh escribió a fines de los 70 está columna en el diario El Clarín de Argentina. Una amiga me lo envió y me pareció interesante para compartirlo.

“No hay preguntas indiscretas. Indiscretas son las respuestas.”
Oscar Wilde.

Vivimos consumiendo preceptos y productos sin cuestionarlos, por temor a la indiscreción de las respuestas y porque es más seguro acatar rutinas que incurrir en singularidades. Un ejercicio de esclarecimiento podría empezar con estas discretísimas preguntas:

¿Educamos a nuestras niñas para que en el día de mañana (si lo hay) sean ociosas princesas del jet-set? ¿Las educamos para Heidis de almibarados bosques? ¿Las educamos para futuras cortesanas? ¿Las educamos para enanas mentales y superfluas “señoras gordas”?

Así parece, por lo menos en buena parte de la bendita clase media argentina, dada la aberrante insistencia con que se estimula el narcisismo y la coquetería de nuestras niñas y se les escamotea su participación en la realidad.

La nena suele gozar de una envidiable amnesia para repetir la tabla del cuatro junto con una no menos envidiable memoria para detallar el último capítulo del idilio de tal vedette con tal campeón o el menor frunce del penúltimo modelo de Carolina de Mónaco cuando salió a cazar mariposas en Taormina con su digno esposo.

Consentimos y aprobamos que sea maniática consumidora de chafalonía, vestimenta, basura impresa y todo lo que, en fin, represente moda y no verdad. Consentimos que acuda al espejito más neuróticamente que la madrastra de Blancanieves, que sea experta en cosmética, teleteatros y publicidad, que exija chatarra importada o que calce imposibles zuecos para denuedo de traumatólogos.

Formamos una personalidad melindrosa cortando de raíz —porque todo empieza desde el nacimiento— la sensibilidad o el interés que podría sentir por la variada riqueza del universo.

—Es el instinto femenino —dicen algunos psicólogos de calesita. Eso me recuerda una anécdota. El director de una compañía grabadora estaba un día ocupado en comprobar cuántas veces se pasaba determinado disco por la radio.

—¡Qué bien, qué éxito, cómo gusta, cómo lo difunden a cada rato! —aplaudió entusiasmado. Y después agregó —: Claro que hay que ver la cantidad de plata que invertimos en la difusión radial de este tema…

Nosotros también programamos a nuestras niñas como a ese eterno infante que es el público. Les insuflamos manías e intereses adultos, les subvencionamos la trivialidad y luego atribuimos el resultado a su constitución biológica.

Las jugueterías, en vidrieras separadas, ofrecen distintos juguetes para niñas y para varones. En Estados Unidos, no hace muchos años los lugares públicos estaban igualmente divididos “para gente de color” y “para blancos”. ¡Dividir para reinar!

A las nenas sólo se les ofrece —o se les impone— juguetería doméstica: ajuares, lavarropas, cocinas, aspiradoras, accesorios de belleza o peluquería.

Si con esto se trata de reforzar las inclinaciones domésticas que trae desde la cuna, ¿por qué no orientarla también hacia la carpintería o la plomería? ¿Acaso no son actividades hogareñas indispensables? Sí, lo son, pero remuneradas. He aquí una respuesta indiscreta.

Los juguetes para varones sortean la monotonía y ofrecen toda la gama de posibilidades humanas y extraterrestres: granjas, tren eléctrico, robots, microscopio, telescopio, equipos de química y electrónica, autos, juegos de ingenio y todo lo que, en fin, estimula las facultades mentales.

¿A la nena no le gustan los animales de granja ni los trenes? ¿No sueña con manejar un coche? ¿No siente curiosidad por el microcosmos o el espacio? ¡Cómo la va a sentir si es cosa de la otra vidriera, la de Gran Jefe Toro Sentado Blanco!

¿Es que el ejercicio de la razón y la imaginación pueden llevarla a la larga a desistir de ser una criatura dependiente y limitada, mano de obra gratuita y personaje ornamental? La respuesta es sumamente indiscreta.

En la casa y la escuela destinamos a la nena a reiterar las más obvias y desabridas manualidades, a remedar las tareas maternas… y a practicar la maledicencia a propósito de indumentaria vecinal.

La nena vive rodeada de dudosos arquetipos y la forzamos a emularlos, comprándole la diadema de la Mujer Maravilla o el manto de cualquier otra maravilla femenil. No falta tío que ponga en sus manos un ejemplar de “Cómo ser bella y coqueta”, otro espejito más o la centésima muñeca.

Salvo raras excepciones como Reportajes Supersónicos de Syria Poletti, cuya heroína es una pequeña periodista, el papel impreso que suele frecuentar la nena —incluido el libro de lectura— le muestra a mujeres que, en la más alta cima del intelecto, son maestras. Las demás, aparte de consabidas hadas y brujas, son siempre domadas princesas o abotargadas amas de casas.

La nena sabe, por las revistas que devora como una leona, que en este mundo no hay mujeres dedicadas a las más diversas tareas, por necesidad o por ganas. Lo que es más grave y contradictorio, le enseñan a soslayar el hecho de que su propia madre trabaja afuera o estudia, como si éste no fuera modelo apropiado dada su excentricidad. Jamás vio —y si lo vio mojó el dedo y pasó la página— que hay mujeres obreras, pilotos, juezas o estadistas. Es tan avaro el espacio que los medios les dedican, ocupados como están en la promoción de Miss Tal o la siempre recordable Cristina Onassis.

Educar para el ocio, la servidumbre y la trivialidad, ¿no significa corromper la sagrada potencia del ser humano?

Por suerte, esta criatura vestida de rosa (no faltará quien diga, confundiendo otra vez causas con efectos, que las nenas nacen de rosa y los varones de celeste, cuando este negocio de los colores distintivos fue invento de una partera italiana, allá por 1919), esta criatura, digo, es fuerte y rebelde, dotada de una capacidad de supervivencia extraordinaria. La nena, en muchos casos, renegará de la manipulación y decidirá ser una persona. Pero ¿quién puede medir la dificultad de la contramarcha y la energía desperdiciada en librarse de tanta tilinguería adulta?

Mientras modelan a la pequeña odalisca remilgada, el tiempo pasa y llega la hora de la pubertad. Entonces los adultos se alarman porque la nena asusta con precoces aspavientos sexuales y emprende calamitosamente los estudios secundarios. Terminó los primarios como pudo, entre espejitos, telenovelas, chismografía y exhibicionismo fomentados y aprobados, pero al trasponer la pubertad se le reprocha todo esto y empieza a hacerse acreedora al desprecio que la banalidad inspira a quienes mejor la imponen y más caro la venden.

Los mayores ponen el grito en el cielo porque la nena no da señales de ir a transformarse en una Alfonsina Storni. Ahí empieza a tallar el prestigio de la cultura —desmesurado porque se trata de otra forma del culto al exitismo individual— y florece una tardía sospecha de que la nena no fue educada razonablemente. Cuando las papas queman, esos pobres padres de clase media argentina comprenden por fin que no son Grace y Rainiero y que la tierra que pisan no es Disneylandia.

En ese preciso momento aparece también el espantajo de la TV, esa culpable de todo. ¿Y quién delegó en ella las tareas de institutriz? La mediocridad de la TV no hace sino colaborar en la fabricación en serie de ciudadanas despistadas.

No se trata de reavivar severidades conventuales ni se trata de desvalorizar el trabajo doméstico ni inquietudes que, mejor orientadas, podrían ser simplemente estéticas. No se trata tampoco de mudarse de vidriera para suponer, por ejemplo, que el automovilismo es más meritorio que el arte culinario, o la cursilería más despreciable que el matonismo.

Toda criatura humana debe aprender a bastarse y cooperar en el trabajo hogareño y a cuidar, si quiere, su apariencia. Lo grave consiste en convencer a la criatura femenina de que el mundo termina allí.

Se trata de comprender que la niña no tiene opción, que es inducida compulsivamente a la frivolidad y la dependencia, que por tradición se le practica un lavado de cerebro que le impide elegir otra conducta y alimentar otros intereses.

La frivolidad no es un defecto truculento que merezca anatemas al estilo cuáquero o musulmán. Lo truculento consiste en hacerle creer a alguien que ése es su único destino, incompatible con el uso de la inteligencia. Lo grave consiste en confundir un espontáneo juego imitativo de la madre con una fatalidad excluyente de otras funciones.

A la nena no se le permite formar su personalidad libremente: se la dan toda hecha, y aprendices de jíbaros le reducen el cerebro para luego convencerla de que nació reducida. La instigan a practicar un desenfrenado culto a las apariencias y a desdeñar su propia y diversa riqueza humana. La recortan y pegan para luego culparla porque es una figurita. La educan, en fin, para pequeña cortesana de un mundo en liquidación.

¿No es eso corrupción de menores?

Clarín, jueves 5 de abril de 1979.





Lecturas

30 05 2010

Me han recomendado estos cuatro libros. Del primero he escuchado hablar. De los otros nada ¿Algun@ de uds los ha leído?

Summerhill: Un punto de vista radical sobre la educación de los niños, La escuela sin paredes: una nueva experiencia educativa, La vida de los niños y La Maestra.

Me los ha recomendado una muy buena amiga. Tengo tanto que leer que debiera dejar de trabajar para hacerlo. Mmmm, no es mala idea.





Ha llegado carta … nuevamente

29 05 2010

Felipe es un estudiante candidato a magister en educación de las ciencias al cual yo le guió en su trabajo de tesis. Es profesor general básico, muy dulce y bien comprometido con el aprendizaje de las ciencias.

Yo le he ido contando brevemente el tema de la desescolarización de mis niños. Principalmente pidiendole datos prácticos del tipo ¿Conoces a alguien que haga talleres?, cosas así. Si bien manifestaba sorpresa no parecía particularmente alarmado por esta modalidad de educación. Eso hasta que “salí del closet” . Ayer se publicó  en “Juegos de Mate” la columna sobre educar hijos lectores que subí a este blog el lunes. En la introducción el periodista comenta que saqué a los niños del colegio. Es en ese contexto que Felipe me escribe esta carta:

Estimada Andrea:

He leído tu columna, y quedo con la sensación de reflexionar algunos aspectos que me inquietan.

Comparto tu percepción sobre la calidad (media, baja y paupérrima en algunos casos) de los colegios en Talca, la región y país en general.

En todos los colegios que he conocido en su intimidad institucional, hay dificultades enormes en ser coherentes con lo que ofrecen a la comunidad. La mayoría de los colegios presentan falencias en todos sus aspectos. Ni hablar de los profesores, conocí muy buenas personas, pero muy pocos profesionales con las competencias necesarias para ser un aporte en el sistema.

Yo soy un profesor de Educación Básica, que asumí que por elegir esta profesión de servicio social, y muy relevante, debo transformarme en un intelectual, trabajando día a día por aprender y mejorar mi servicio. No basta con tener vocación, como algunos señalan. También debemos ser responsables ante la sociedad.

Conociendo las Universidades, no me dejan muy clara la diferencia entre las instituciones. En nuestro país debemos asumir que tanto las escuelas, liceos… como las universidades (tradicionales y privadas) tienen fallas catastróficas para el sistema, y son manejadas con contradicciones increíbles si las observamos desde el plano social.

En todas las instituciones que he conocido he conocido personas increíbles, pero al mismo tiempo a personas que uno se pregunta qué hacen aquí (¿qué hace este en este colegio? ¿Que hace este en UTAL, UAS, UCM…?.

He comprendido que en todas partes uno encuentra personas muy interesantes, a las cuales buscamos conocer, y otros que desearíamos que no existieran. En fin…

Este es el mundo que nos toca vivir, que Dios nos ha dispuesto, donde somos libres de tomar decisiones y construir nuestro camino tanto en el plano individual y más egocéntrico, como también en lo social junto a quienes valoramos (en la familia, trabajo, instituciones de todo tipo…)

Para mí el colegio (la escuela es importante). Aprendí a vivir en diversidad. Admiré, repudie, sentí alegrías, rabia, lastima…

En mi familia, pese a que mis padres tienen un nivel educacional mínimo y provienen de un nivel socio-cultural bajo, aprendí a amar y respetar a las personas. Mi padre me enseño a valorarme y sentirme a la altura de los mejores que se van cruzando en mi camino, me enseño a reconocer mis debilidades y superarlas (Una frase de mi padre: “Felipe, no has nacido pobre, jamás serás pobre. La pobreza esta donde las personas dejan de luchar”. Mi madre me enseño a acercarme a las personas, valorarlas, respetar y algo muy importante: “Alejarme en silencio de aquellos lugares donde no me valoran y respetan” y “Observar las acciones de las personas y no las palabras”.

Estimada Andrea, respeto tu decisión, y creo que con el tiempo tendrás mucho que aportar con tu experiencia. También creo que tu decisión no es algo simple. Puede ser considerado como alejar a tus hijos de la realidad (reconozco que eso a mí me asusta). Pero creo Uds. como familia tienen todas las condiciones para lograr autoperfeccionarse y al mismo tiempo integrarse a la sociedad en otro tipo de instituciones y formas de participación.

Para quienes no viven tu realidad el colegio continua siendo una alternativa (para algunos la única) para educar e integrar a la sociedad a sus hijos.

Como amante de mi profesión. Lo único que te sugiero es: “No abandones tu lucha por lograr una mejor educación tanto en la familia como en LA ESCUELA”

Un fraternal abrazo,

Felipe

A pesar que nos veremos el lunes, voy a responderle la carta. Sin embargo, debo confesar que a estas alturas me genera un poquito de cansancio explicar nuevamene los motivos que me llevaron a tomar esta desición. Creo que haré un vil copy and paste de respuestas anteriores.





Para entender la educación escolar en Chile

29 05 2010

Varias veces he estado con latinoamericanos que alaban el sistema escolar chileno. En realidad yo me quedo mirando con cara de tonta. Es que, honestamente, no veo que haya mucho que alabar.

Cómo ando floja, en vez de argumentar voy a colocar algunos enlaces que permiten hacerse una buena idea de como anda la cosa:

El mejor colegio de Chile. El titulo está puesto con ironía, sin embargo, esta entrevista permite mostrar cómo funciona el sistema chileno. Un alto nivel de selección de los niños que aseguran el éxito de la escuela al finalizar los trece años de escolaridad.

Estamos democratizando la Universidad sólo nominalmente. el 70 por ciento de los que hoy están en la educación superior son la primera generación que logra estar ahí. Pero ¿eso es realmente bueno? Algo huele a podrido en esta ilusión de democratización.

Piñera contra la escuela: La nota que yo quería escribir pero me la ganaron. Sobre la verdadera violencia en la escuela chilena.





El oficio del demonio

27 05 2010

Empecé a redactar el oficio. Quedó como una oda a mi pedantería. (¿sabían Uds que pedante es raíz de la palabra pedagogo?).

Me dí cuenta que estaba peleando con el destinatario del oficio. Lo que me ocurrió es que no quería aparecer suplicando una gracia, toda vez que, estoy en todo mi derecho de hacer esta solicitud.

Al final, borré todos los aspectos en los que estaba jugando el juego de “soy más inteligente que tú” y tomé lo que me escribió mi amigo abogado y los transformé en oficio. Al fin y al cabo lo que busco es que me den la bendita fecha para los exámenes libres.

Sí me dí una licencia, la que nace chicharra muere cantando, y fue la de despedirme con este párrafo:

Comprendemos  la exigencia de redactar este oficio, contraria al procedimiento que establece la ley, no como una vulneración a nuestros derechos; sino como la natural extrañeza del personal de la unidad respectiva ante una solicitud que le es ajena.

¿Qué piensan Uds.? ¿No estaré “antagonizando” gratuitamente al director provincial?

Me interesa que quede claro que no estoy pidiendo permiso, tan sólo cursando una solicitud para la cual cuento con todo el respaldo de la ley.





Sobre la legalidad de educar en la casa en Chile

27 05 2010

Me escribe un amigo abogado respecto de la legalidad de educar en la casa (como verán estoy trabajando en el oficio al director provincial):

_______________________________________________________________

Andrea,

Tras leer el Decreto Exento N° 2272/2007, y con los antecedentes que me comentas, entiendo que deseas incluir a tus hijos en el proceso de “validación de estudios”. Al respecto, el Decreto se refiere en varias ocasiones a su ámbito subjetivo (sujetos que pueden someterse al proceso), en términos bien amplios: “personas que por diversas razones necesiten el reconocimiento de estudios realizados (…) al margen del sistema formal” (considerando tercero); “personas que, habiéndolo solicitado” aprueben los exámenes libres (art. 2.b); podrán validar estudios las “personas que no hubieren cursado estudios regulares” (art. 7).
No he encontrado otras exigencias como las que me señalas (edad, salud u otra consideración), salvo lo previsto en el inciso final del art. 9, que excluye de la posibilidad de rendir exámenes libres exclusivamente a los menores de 18 que hayan estado matriculados en un colegio formal durante el mismo año en que se solicita la validación. Ahí aplica la excepción de motivos justificados de salud. ¿Tus hijos estuvieron matriculados este año?.
En cuanto al plazo para inscribirse para exámenes libres, entiendo que se fija desde el Ministerio a partir del art. 4.
He revisado también la LOCE y la Constitución (art. 19, n°s 10 y 11), y nada dicen al respecto.
Salvo que exista otra norma reglamentaria que desconozco, no veo de donde exigen más requisitos (a salvo, también, del inciso final del art. 9).
Un abrazo








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