La cita del día: Escuela y civilización

3 10 2010

El triunfo de la escuela-mundo

Este verano mientras paseábamos por la cuarta región subimos a un anciano campesino a nuestro auto. Mientras lo llevábamos el nos contó con orgullo como había educado a sus hijos y los había mandado a la escuela. En todo momento, nos manifestó la importancia de civilizar a sus hijos, de ser “civilizados”, de darles “civilización”.

Hoy encontré este texto en la revista Estudios Pedagógicos de Valdivia, y no pude dejar de recordarle. Es interesante, incluso para los no chilenos, ciertas ideas claves que irán configurando el escenario escolar actual, pues varios de los hitos de la escuela chilena son compartidos por otros sistemas escolares alrededor del mundo, comparten una lógica similar, es el programa o proyecto de la Escuela Mundo. (Los destacados son míos)


A partir de 1850, podemos observar una centralización progresiva del proceso de escolarización; el Estado manifiesta una preocupación creciente por aumentar los niveles de formalización y el alcance de la educación pública (Núñez 1997; Toro 2002). La supervisión y el control sobre las prácticas y conocimientos involucrados en el espacio escolar aumentan rápidamente y, de este modo, comienza a configurarse la escuela como el espacio social que hoy conocemos.

En este período, el Estado forma profesores normalistas que se desempeñan principalmente como supervisores en las escuelas esparcidas por el territorio con el fin de alinearlas en función de los objetivos que el mismo Estado ha fijado para ellas. En las zonas de frontera, estos objetivos están vinculados a la delimitación simbólica del territorio nacional a través de la creación de una identidad chilena, distinta a la peruana, la boliviana o la mapuche, que diera un soporte intersubjetivo a la delimitación político-administrativa, convirtiendo el territorio nacional en un territorio socialmente significativo y simbólicamente integrado a la nación chilena.

En todas las escuelas del país se inicia al mismo tiempo un proceso de formalización y estructuración que perseguía delimitar el espacio escolar como “lugar” altamente diferenciado de la familia o la comunidad; con este fin, se crea una serie de normas respecto de la conducta, el vestuario, los tiempos y modos de relación que son exclusivas de la escuela y que la constituyen como espacio social específico. En esta época se introduce el uso de reloj como norma para las escuelas, con la reglamentación de horas de inicio y término para las clases; también se establecen comportamientos “propios” de la escuela, como levantar la mano antes de hablar, formarse para entrar y salir de clase, dirigirse al profesor como “señor” y a los alumnos por su apellido; sentarse derecho, no hablar en clase, etc. Estas normas persiguen distinguir a la escuela como el espacio social legítimo para entregar conocimiento válido (Egaña 2000). Desde ese momento, la escuela se sacraliza en su función: es la única institución que posee la verdad y que está legitimada para transmitirla a las nuevas generaciones que deben recibirla sin cuestionarla, para hacer posible la obtención de títulos y certificados que los autentifiquen como chilenos integrados al esquema social dominante. No se trata sólo de recibir conocimientos verdaderos, sino también, de adquirir conductas, creencias y modos de relación validados por la única institución con autoridad conferida e incuestionable para hacerlo: la escuela.


La preocupación de los supervisores normalistas, que al fin y al cabo es el reflejo de la preocupación estatal, por la falta de diferenciación entre la escuela y otros espacios sociales tales como la familia o la comunidad, puede ser entendida desde la necesidad que el nuevo Estado tiene, por una parte, de aprehender una unidad nacional esquiva y desdibujada y, por otra, de constituir una identidad homogénea en base a principios que son ajenos a la mayor parte de la sociedad (Egaña 2000) y que, sin embargo, son considerados como verdaderos y positivos por las élites que constituyen la cuna de los nuevos gobernantes y pensadores.

Educar al pueblo ya no implica sólo civilizarlo sino que también chilenizarlo. Ambos conceptos están íntimamente relacionados, puesto que la nueva república se levanta sobre la base de viejos ideales sociales. La revolución política no implica independencia cultural, no mejora la valoración de los habitus propios de los indígenas, de los campesinos y del bajo pueblo en general, sino que, por el contrario, privilegia una serie de principios de moral y conducta que provienen de Europa y que siguen siendo los referentes válidos de civilidad y progreso. Son estos principios, y no la propia manera de ser de la mayoría de los habitantes del país, los que conformarán el ideal de cómo “debe ser” un buen chileno y que se transformarán en contenidos para los currículum en las aulas de cada una de las escuelas públicas del país.

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