Centuries of Childhood

9 08 2012

Hace tiempo que no ingreso una entrada larga y reflexiva. Mirando el blog me doy cuenta que lo he tenido bien abandonado para lo que eran mis standares. En parte, el no educar más sin escuela es responsable de ello, pero también la cantidad de trabajo que he tenido.

Uno de los problemas de ser entusiasta es que me cuesta medirme en las cosas que emprendo. Este semestre me pasó la cuenta y desarrollé un cuadro de estress. Llegó un momento en que escribir, leer o pensar creativamente me implicaba un esfuerzo importante. Se sumaron otras cosas en la vida y terminé con licencia médica en la casa.

Ayer volví a tomar un libro después de 13 días de “abstinencia”. Escogí uno que deseaba leer hace tiempo y que no tiene relación demasiado directa con mi trabajo. Se llama Centuries of Chilhood  A social history of family life No avanzo en la lectura tan rápido como estoy acostumbrada, creo que es señal de mi agotamiento, pero aún así lo gozo. Quiero llegar al capítulo referente a infancia y escolarización, en cuanto llegue a él prometo escribir algunas reflexiones y traducir algún párrafo sabroso.

De momento les dejo un interesante trozo del capítulo II: el descubrimiento de la infancia (lo pueden hallar en español circulando por la red), pero les invito a pensar en las siguientes preguntas:

¿De qué modo nuestras ideas de lo que es un niño determina el modo en que deseamos educarlo? (¿Qué consecuencias tendría – por ejemplo -pensar un niño “sin alma ni forma en el cuerpo”? o ¿El tener muchos hijos para, con suerte, ver llegar un par a la vida adulta?)

¿Ha cambiado la idea de lo qué es un niño o niña en los últimos 30 años? ¿Qué se mantiene? ¿Qué cambia?

¿Cómo cambia ello la forma de concebir la educación de los niño en nuestra cultura?

 El sentimiento que ha persistido muy arraigado durante largo tiempo era el que se engendraban muchos niños para conservar sólo algunos.

Aún en el siglo XVII, en la alcoba del parto se oye, en medio del comadreo, la voz de una vecina, esposa de un relator del Consejo de Estado, que calma la inquietud de la parturienta, madre de cinco “pillos”, con estas palabras: “Antes que puedan causarte muchos sufrimientos, habrás perdido la mitad, si no todos.” ¡Extraña consolación!. La gente no podía apegarse demasiado a lo que se consideraba como un eventual desecho. Ello explica las frases que chocan con nuestra sensibilidad contemporánea, como las de Montaigne: “He perdido dos o tres hijos que se criaban fuera, no sin dolor, pero sin enfado”, o la de Moliere, a propósito de la Louison de Le Malade imaginaire: “La pequeña no cuenta.” La opinión general no debía, como Montaigne, “reconocerles ni movimiento en el alma, ni forma reconocible al cuerpo“.


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