El Kaleva

13 12 2012

Mi niña está postulando a un intercambio estudiantil y ha escogido Finlandia entre sus opciones. Lo quiere por ser un destino exótico, por el arte y diseño en esas latitudes, por su sistema educacional y, por que está segura, que jamás irá por cuenta propia.

Estamos cruzando los dedos para que quede seleccionada y en aquel país. De momento, ha pasado todo las etapas del proceso. Verla postular me llena de orgullo; ha realizado los trámites sola; ella se escribe con los miembros del comité y me envía copia de los mails para mi respaldo. Nosotros apoyamos en silencio desde atrás.

¡Está tan grande! Es maravilloso verla abrirse paso a la juventud. Me emociona profundamente.

Buscando información sobre finlandia, encontré esta maravillosa epopeya finesa llamada El Kalevala. Me ha maravillado su delicada belleza. Planeo leérmela este fin de semana y, de ser posible, leérsela a mi niña en voz alta, como despedida de lo que fue nuestro ritual de infancia: la lectura oral de mitos y leyendas de otras culturas.

Aquí les dejo un trozo de esta maravillosa epopeya.

Erase una vez una virgen; una hermosa virgen, Luonnótar , hija de Ilma. Vivía,desde hacía largo tiempo, casta y pura, en medio de las vastas regiones del aire, delos inmensos espacios de la bóveda celeste.Pero he aquí que un día comenzó a sentir el hastío de las horas, a fatigarse de su virginidad estéril, de su existencia solitaria en las llanuras del aire, tristes y desiertas.Y descendió de las altas esferas, y se lanzó en la plenitud del mar, sobre la grupa blanca de las olas.Entonces un viento impetuoso, un viento de tempestad, sopló de oriente; el mar se hinchó y se agitó en oleajes.La virgen fue arrastrada por la tempestad, flotando de onda en onda, sobre las crestas coronadas de espuma. Y el viento salobre vino a acariciar su regazo. Y el mar la fecundó.

Durante siete siglos, durante nueve vidas de hombre, llevó la carga de su gravidez. Y aquel que había de nacer no nacía. Y aquel que nadie engendró seguía sin ver la luz. La virgen nada; nada hacia oriente y occidente, al noroeste y al sur, por las riberas del aire. Espantosos dolores le queman las entrañas. Pero aquel que había de nacer no nace y aquel que nadie engendró sigue sin ver la luz.La virgen llora dulcemente y dice: “¡Ay, desdichada, qué tristes son mis días! ¡qué errante es mi vida, pobre de mí! ¡Siempre y en todas partes, bajo la inmensa bóveda del cielo, empujada por el viento, arrastrada por las olas en el seno de este vasto mar sin límites! ¡Oh, Ukko, dios supremo: tú que sostienes el mundo, ven a mí, socórreme!¡Apresúrate a mi llamada! ¡Libra a esta doncella de sus angustias, a esta mujer del dolor de sus entrañas! ¡Ven, ay, acude pronto; tu ayuda se me hace necesaria más y más!”Un corto espacio transcurrió. Y de repente un águila de amplias alas tiende el vuelo. Surca los aires con estrépito, buscando un lugar para su nido. Vuela a oriente y occidente, vuela al noroeste y al sur, pero no encuentra un rincón donde construir nidal.Vuela de nuevo; después se detiene; y piensa y medita: “¿Qué lugar elegiré, elviento o el mar? El viento derribará mi casa, el mar la tragará”.Y he aquí que entonces la virgen del aire levantó su rodilla por encima de las olas,ofreciendo así al águila un lugar para su nidal bienamado.  El águila ilustre suspende el vuelo; divisa la rodilla de la hija de lima y la toma por una verde colina, por un cerro de fresco césped. Lentamente vacila en el aire. Al fin, se lanza sobre la punta de la rodilla y allí construye su nido. Y en ese nido deposita seis huevos. Seis huevos de oro y un séptimo de hierro.El águila se pone a incubar sus huevos, un día y otro día, y casi un tercer día.Entonces la hija de lima sintió un calor ardiente en su piel. Parecía que su rodilla era una brasa, que todos sus nervios se derretían.Y replegó vivamente la rodilla, sacudiendo todos sus miembros. Y los huevos rodaron al abismo y se estrellaron contra las olas.Pero no se perdieron en el fango ni se mezclaron con el agua. Sus pedazos se convirtieron en las más bellas cosas. Así:”De la parte inferior de los huevos se formó la tierra, madre de todos los seres; de su parte superior el sublime cielo; de sus trozos amarillos el radiante sol; de sus trozos blancos la luna resplandeciente; de las cascarillas jaspeadas se hicieron las estrellas;y los trozos oscuros fueron los nubarrones del aire”.Y el tiempo avanzó y los años se sucedieron, porque el sol y la luna habían comenzado a brillar. Pero la hija de lima continuaba errante todavía sobre la vastedad del mar, sobre las olas vestidas de niebla. Debajo de ella, la húmeda llanura; encima de ella, el claro cielo.Y al noveno año, en el décimo estío, levantó la cabeza sobre las aguas y comenzó la creación en torno suyo.Donde tiende su mano, hace surgir promontorios; donde tocan sus pies, cavan hoyos para los peces; donde se sumerge, hace más profundos los abismos. Cuando roza de flanco la tierra, aplana las riberas; cuando tropieza con ella su pie, nace el socavón fatal para los salmones; cuando las golpea de frente, abre los golfos.Después toma impulso y se interna en la alta mar. Allí crea las rocas, y pare los escollos para el naufragio de los navíos y la muerte de los marineros.Ya las islas emergen de las olas, los pilares del aire se yerguen sobre sus bases,la tierra nacida de una palabra despliega su masa sólida, las venas de mil colores aran la piedra y esmaltan las rocas… Y Wainamoinen no ha nacido todavía, el runoya de la eternidad. El viejo, el impasible Wainamoinen, esperó en el vientre de su madre durante treinta estíos, durante treinta inviernos, sobre el inmenso abismo, sobre las olas nebulosas. Meditaba profundamente preguntándose en su interior cómo le sería posible existir y pasar su vida en aquel sombrío retiro, en aquella estrecha mansión, donde jamás ni el sol ni la luna dejaban penetrar su luz.Y clamó: “¡Rompe mis ligaduras, oh luna! ¡libértame, oh sol! Y tú, radiante ótawa,enseña al héroe a franquear estas desconocidas puertas, estos infrecuentados caminos, a salir de este reducto oscuro, de este abrigo asfixiante. Conducid sobre latierra al viajero, al hijo del hombre bajo la bóveda del aire, para que pueda contemplar el sol y la luna, y admirar el esplendor de ótawa, y gozar la luz de las estrellas”.Pero la luna no rompió sus ligaduras, ni el sol le dio la libertad. Entonces Wainamoinen sintió el hastío de los días y la fatiga de su vida. Y golpeó vivamente la puerta de la fortaleza, con el dedo sin nombre. Forzó el muro de hueso con el dedo mayor del pie izquierdo, y se arrastró con las uñas fuera del umbral, y sobre las rodillas fuera del vestíbulo.Y ahora, helo ahí, sumergido en el abismo hasta la boca y hasta la punta de los dedos. El poderoso héroe continúa sometido al poder de la onda.Durante cinco años, durante seis años, durante siete y ocho años, se vio arrastrado de ola en ola. Al fin se detuvo en un cabo desconocido, sobre una tierra desnuda de árboles.Allí, ayudándose con las rodillas y los codos, se irguió cuan alto era, y se puso a contemplar el sol y la luna, a admirar el esplendor de ótawa y a gozar la luz de las estrellas.Así nació Wainamoinen, así fue revelado el ilustre runoya. Una mujer lo llevó en su seno. La hija de lima lo trajo al mundo.

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